Tratado de Tordesillas
Tratado de Tordesillas

Uno de los temas históricos más conocidos, es el del Descubrimiento de América en 1492. Cristóbal Colón es el actor clave de dicho acontecimiento. Personaje enigmático, de dudosa procedencia, que marcó un gran hito, aunque lo ignorase hasta el final de sus días.

Pero realmente, ¿Colón hubiese podido realizar esta hazaña, sin los instrumentos de navegación, sin los marineros que hacían el trabajo duro, o sin esa parte de suerte que tuvo en el trayecto?

En esta serie de publicaciones, basados en el libro “Colón en el mundo que le tocó vivir“, hablaremos de los aspectos menos conocidos de este hito histórico, así como de los protagonistas que han quedado relegados a la sombra.

La cuna y cantera del Descubrimiento

El despertar de Castilla a la navegación atlántico-africana se produce a partir de mediados del siglo XV. Los puertos andaluces de este océano continuarán en este cometido hasta el momento finisecular de sentirse atraídos por un imán mucho más fuerte: el mundo americano, consecuencia casi inmediata de su descubrimiento.

La práctica de la nueva navegación, y la adopción de nuevos tipos de barcos y de técnicas marineras acordes con las exigencias del medio, se desarrolla en la Andalucía atlántica, como consecuencia de la competencia con Portugal por el tráfico mercantil con atrasadas comunidades litorales africanas, que aún practican el poco equitativo trueque de abalorios y quincallería, por los dos mayores bienes del momento: oro y esclavos.

El marco donde vinieron a coincidir ambas potencia marítimas cristianas, estuvo dominado por la rivalidad y la discordia, que naturalmente adquirieron los caracteres más crudos y sangrientos en los momentos de guerra declarada entre ambos, durante la contienda por la sucesión de Castilla, que enfrentó a Alfonso V con los Reyes Católicos. La costa africana se dividió en dos zonas de influencia, al norte y al sur respectivamente del Cabo Bojador. De este punto hasta el Estrecho se reservaba en exclusiva para los rescates castellanos; de allí hasta a donde fuere que llegase el extremo sur de África, para los portugueses.

Se respiraba un ambiente de mutuo recelo entre Castilla y Portugal, que el propio Colón tuvo ocasión de comprobar, cuando de arribada forzosa a Lisboa al regreso de Primer Viaje, se vio obligado a aclarar a Juan II, que los Reyes le habían ordenado que no fuese a la Mina ni al resto de Guinea, y que así se había mandado pregonar en todos los puertos de Andalucía antes de partir.

En el aspecto de la flotilla del Descubrimiento nada hubo que no fuera tradicional ni compartido con otras, castellanas o portuguesas, que fueron sus predecesoras. Constituida por tres unidades como mínima expresión de conjunto táctico bélico, o simplemente descubridor, que permite destacar uno de los elementos manteniendo en conserva principal, o a la inversa, se identificó con las anteriores hasta llevar en sus cofres abalorios para rescatar por oro.

Colón y sus compañeros tuvieron que cruzar el Océano, mientras que los portugueses descenderían hasta el cono sur africano, a 75º de latitud , sin variaciones apreciables de longitud, para luego remontar hasta la India. La capitana “Santa María”, una nao, menor en poder militar y porte que la mayoría de las naves, parece que cumplía con anterioridad objetivos un tanto ajenos al mundo de los rescates, haciendo de transporte armado del trigo y harinas andaluzas hacia los mares del Norte. Su nueva misión sería la de buque de apoyo logístico y de representación de la flotilla.

La “Pinta” y la “Niña” eran grandes carabelas de cubierta completa, de tres palos, de mayor porte que las carabelas portuguesas, armadas al modo de Andalucía, de arboladura capaz para ser transformada de latina en redonda, manteniendo en la mesana el velamen latino para auxiliar la maniobra del timón. Es lo que se hizo a la “Pinta”.

Barcos fuertes y bien construidos cuyas cubiertas eran capaces de soportar el peso y el retroceso de una bombarda, la pieza mayor de artillería de la época, un “tiro grueso”. Estos barcos eran la gran aportación material del ámbito, eran naves que reunían todos los requisitos de ser útiles en la descubierta, en el transporte y en el combate. Colón hubiera deseado que hubiera podido disponer de tres de ellas, porque es el número óptimo para desarrollar cualquier estrategia cubriéndose las espaldas. Solo pudo contar con dos, teniendo que echar mano de una nao cantábrica.

El puerto de Palos había sido condenado a proporcionar dos carabelas sin cargo alguno para la Real Hacienda, y a facilitar el armamento y contrata de otro tercero. Se tuvo que conformar Colón con “La Gallega”, rebautizada como “Santa María”, con la que en un primer momento pareció satisfecho incluyéndola en el preámbulo de su Diario como uno de los “tres navíos muy aptos para semejante fecho”.

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